Pero tuvo el antojo de jugar a hacer conmigo una excepción y, primero, nos fuimos a bailar y, en mitad de un “te quiero” me olvidó.
De Esperanza no tenía más que el nombre la que no esperaba nada de los hombres, coleccionaba amores desgraciados, soldaditos de plomo mutilados.
Pero quiso una noche comprobar para qué sirve un corazón y prendió un cigarrillo y otro más como toda esperanza se esfumó.
Por eso, cuando el tiempo hace resumen y los sueños parecen pesadillas, regresa aquel perfume
de fotos amarillas. Y, aunque sé que no era la más guapa del mundo… juro que era más guapa que cualquiera.

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