lunes, 24 de febrero de 2014

Esa noche, como la mayoría, solo deseé tener a alguien que me hable, me escuche y se acueste conmigo y aunque yo no quiera me cuente como fue su día. Quería tener algo por lo que preocuparme que no fuera… mi gato. 
Después de todo, estaba un poco solo. Desde que me había mudado a la ciudad no había tenido ni una visita de mis padres, mi hermana se había mudado a Nueva York para poder diseñar ropa y ya casi no llamaba. Y honestamente, nunca me sentí alguien especial.

Tenía el don para que toda relación con alguien a quien quería terminara en desastre. A pesar de mis defectos, siempre era yo el que terminaba queriendo más. Y por supuesto, siempre era el que terminaba llorando, y solo.


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