Esa noche, como la mayoría, solo deseé tener a alguien que
me hable, me escuche y se acueste conmigo y aunque yo no quiera me cuente como
fue su día. Quería tener algo por lo que preocuparme que no fuera… mi gato.
Después de todo, estaba un poco solo. Desde que me había mudado a la ciudad no había tenido ni una
visita de mis padres, mi hermana se había mudado a Nueva York para poder
diseñar ropa y ya casi no llamaba. Y honestamente, nunca me sentí alguien
especial.
Tenía el don para que toda relación con alguien a quien
quería terminara en desastre. A pesar de mis defectos, siempre era yo el que
terminaba queriendo más. Y por supuesto, siempre era el que terminaba llorando,
y solo.

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