jueves, 10 de noviembre de 2016

Hoy casi me voy a la cama sin recordar, los besos que te dejé en el cuello. Los abrazos que me dejaste en la esquina. Ayer casi me fui a la cama sin recordar las risas en los banquitos de las plazas, los llantos en las escaleras. Antes de ayer, casi me fui a la cama sin recordar las canciones que escuchábamos en los viajes largos, y las que escuchábamos cuando estábamos separados. Y antes de eso, casi me voy a la cama sin recordar los brotes artísticos que te solían dar cada vez que teníamos que hacer otra cosa, obligándome a pausar todo por una idea. Mucho antes de eso casi que no me acuerdo del primer día que me hablaste, del primer día que fui tuya. Y al principio, cuando dejamos de hablarnos, me iba a la cama, casi sin acordarme de lo que te extrañaba, de lo que me extrañabas, de los te quiero dados, de los te amo no dados. Casi no me acordaba de la promesa de estar siempre (que siempre se cumplió, aunque no empíricamente).
Me he pasado años casi no acordándome de nada. Y por lo tanto acordándome de todo




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